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   Nº 168 - Noviembre/Diciembre 2006
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Ecología


Nº 168 - Noviembre/Diciembre 2006

Propuestas razonables a la Convención sobre Cambio Climático

Actualmente todas las personas parecen estar de acuerdo en que el clima de la Tierra está cambiando como resultado directo de las actividades humanas y que las consecuencias sociales, ambientales, políticas y económicas serán catastróficas si no se hace nada –y rápidamente- para abordar el problema.

La 12ª Conferencia de las Partes de la Convención de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático se reunirá en Nairobi, Kenia, del 6 al 17 de noviembre. Lamentablemente esta Convención ha mostrado hasta ahora que la codicia humana ha prevalecido sobre la inteligencia humana y ha estado dominada por intereses a los que le importa muy poco el medio ambiente y las personas y demasiado el dinero. Por lo tanto es necesario pensar en términos de lo que realmente debe hacerse para evitar la amenazante crisis climática y no de cuánto dinero se ganará o perderá en diferentes escenarios.
Es un hecho bien conocido que las principales causas del cambio climático se relacionan con el consumo de combustible fósil (carbón, petróleo y gas) y en menor grado, con la deforestación y que ambas causan las emisiones de carbono, principalmente responsables del calentamiento global.
Estas dos causas son, sin embargo, totalmente diferentes. El carbono almacenado en los combustibles fósiles no forma parte del ciclo biosférico del carbono. Una vez extraído y quemado, ese carbono se agrega a la reserva de carbono de la superficie y nunca jamás regresará a su forma subterránea original de petróleo, carbón o gas. El uso del combustible fósil es, por lo tanto, en términos prácticos, una causa irreversible del cambio climático.
Es por ello que el uso del combustible fósil ya debería ser considerado una provocación ambiental extrema que no puede ser “compensada” de ninguna forma. Si los gobiernos hubieran adoptado este enfoque cuando el Protocolo de Kyoto fue acordado en 1997, ahora estaríamos dirigiéndonos hacia un mundo libre de combustible fósil, con un futuro climático mucho más brillante.
Las emisiones de carbono derivadas de la deforestación son diferentes, porque el carbono almacenado en la biomasa forestal es –y siempre ha sido- parte de la reserva de carbono de la superficie. Esto significa que si la deforestación fuera revertida mediante el restablecimiento de los bosques –lo que no es sinónimo de las plantaciones de monocultivos de árboles- es probable que los crecientes bosques “absorban” parte del carbono liberado cuando el bosque fue destruido o degradado.
Considerando lo que antecede, si los gobiernos quieren seriamente abordar el cambio climático, deben comprometerse a: * Retirar gradualmente los combustibles fósiles en un breve período de tiempo.
* Detener y revertir la deforestación en un breve período de tiempo.
Sin embargo, no todos los países son igualmente responsables del cambio climático. El Norte industrializado posee la mayor parte de la responsabilidad por el problema, y está obligado a implementar soluciones al problema que creó. Como acuerdan la mayor parte de los expertos, también tiene los recursos financieros y técnicos que pueden hacer posible el retiro gradual de los combustibles fósiles.
La responsabilidad del Norte es muy clara en el caso de las emisiones de carbono relacionadas con el combustible fósil, la mayoría de las cuales ha liberado en la atmósfera desde el comienzo de la Revolución Industrial. Pero también resulta claro que la mayor parte de la deforestación que está teniendo lugar en el Sur también está relacionada con el Norte. Productos como soja, carne, camarones, aceite de palma, madera, pasta y papel y minerales –todos los cuales ocasionan pérdida de bosques- acaban principalmente en los mercados del Norte, mientras que las instituciones lideradas por el Norte, como el FMI y el Banco Mundial imponen políticas al Sur que necesariamente ocasionan más deforestación.
Por lo tanto es necesario que los gobiernos del Norte se comprometan a: * Poner a disposición todos los recursos financieros y técnicos necesarios para retirar gradualmente los combustibles fósiles en un breve período de tiempo –tanto en el Norte como en el Sur.
* Introducir cambios pertinentes en sus economías y políticas para que sea posible detener y revertir la deforestación en un breve período de tiempo.
* Asegurarse que los países y pueblos del Sur se beneficien con esos cambios y que de ninguna forma se vean perjudicados por los mismos. Entre otras cosas, esto significa que no se implementen monocultivos de árboles en gran escala o para biocombustible en sus tierras.
En consecuencia, la Convención necesita alejarse de los complicados y fraudulentos planes de comercialización de carbono en los que ha estado involucrada durante los pasados nueve años. Como señal de cambio, debería cesar de considerar el uso de plantaciones de árboles como sumideros de carbono y excluir inmediatamente la posibilidad de usar árboles genéticamente modificados en dichas plantaciones. Al mismo tiempo, debería comenzar a abordar seriamente cómo retirar gradualmente los combustibles fósiles y cómo detener la deforestación.
Todo esto no es más que sentido común, aunque es totalmente diferente a las falsas soluciones que los negociadores climáticos del gobierno probablemente pasarán la mayor parte del tiempo discutiendo cuando se reúnan en Nairobi.
Por supuesto, muchos intereses creados se oponen al sentido común. Pero el principal interés creado que debería ser tomado en cuenta es la humanidad como un todo, cuyo futuro depende de lo que los gobiernos involucrados en este proceso hagan, o no hagan.

Los biocombustibles no resuelven sino que agravan el cambio climático*

El volumen de combustibles fósiles que la civilización “petrolera” quema en un año contiene una cantidad de materia orgánica equivalente a cuatro siglos de plantas y animales.
“Debemos acabar con la adicción al petróleo”, dijo George W. Bush en un Mensaje a la Nación. Pero no estaba pidiendo a la población que utilizara menos combustible. Al contrario, lanzó la “Iniciativa de Energías Avanzadas”, que aumenta el presupuesto federal en un veintidós por ciento para volcarlo a la investigación de tecnologías de energía “limpias”. Esto incluye los biocombustibles, como el etanol y el biodiesel, que se obtienen de aceites de cultivos agrícolas convencionales (como soja y maíz) u otras oleaginosas (en especial palma aceitera), caña de azúcar u otros cereales.
Frente al problema del calentamiento climático provocado por la enorme emisión de carbono, los gobiernos de los países industrializados no se plantean reducir la demanda sino que tratan de arreglarlo por el lado de los suministros. La sustitución de petróleo por biomasa implica la ocupación de enormes extensiones de tierra con monocultivos.
La Unión Europea desea que a finales de 2007, un dos por ciento del uso del combustible que ahora utiliza provenga del biodiesel, subiendo a un seis por ciento para 2010 y a un veinte por ciento para 2020. Pero es muy poco probable que dedique sus suelos a este tipo de cultivos: el costo del biocombustible es bastante más bajo si los cultivos energéticos se producen en otros países. Y no solo por el costo. Como señala el periodista británico George Monbiot: “Para mover nuestros coches y autobuses con biodiesel se requerirían 25,9 millones de hectáreas. Existen en el Reino Unido 5,7 millones de hectáreas. Si esto sucediese en toda Europa, las consecuencias sobre el suministro de alimentos serían catastróficas: lo suficiente para inclinar la balanza de ser excedentarios a ser deficitarios netos. Si, como algunos ambientalistas reclaman, esto se tuviese que hacer a escala mundial, entonces, la mayor parte de la superficie arable del planeta debería dedicarse a producir alimentos para coches, no para personas. Estas perspectivas parecen, a primera vista, ridículas. Si no se pudiese cubrir la demanda de alimentos, ¿no se aseguraría el mercado de que las cosechas se utilizasen para alimentar personas, en vez de vehículos? No existen seguridades al respecto. El mercado responde al dinero, no a las necesidades”.
De manera que ha comenzado la etapa siguiente de la colonización y el mundo industrializado apunta a los países del Tercer Mundo, donde las empresas pueden apropiarse de grandes extensiones de tierra y mano de obra barata y despreocuparse de los graves impactos ambientales que acarrea el establecimiento de grandes plantaciones de monocultivos, de las que se refinarán los biocombustibles, a expensas de bosques y de tierras aptas para el cultivo de alimentos.
Así, las plantaciones de soja en Argentina van desplazando poco a poco a los bosques de quebracho en el Chaco, mientras que en Paraguay reemplazan Pantanal, Mata Atlántica y Chaco y en Brasil bosque amazónico, pantanal, mata atlántica, cerrado y caatinga. Entre 1990 y 2002, el área de palma aceitera plantada a nivel mundial aumentó en un cuarenta y tres por ciento. La mayor parte de este crecimiento tuvo lugar en Indonesia y Malasia. Entre 1985 y 2000, las plantaciones de palma aceitera han sido responsables de un ochenta y siete por ciento de la deforestación de Malasia y hay planes de ocupar seis millones de hectáreas más de bosques. En Sumatra y Borneo, alrededor de cuatro millones de hectáreas de bosque se han convertido en tierra de cultivo de palmeras. En Indonesia se ha desalojado de sus tierras a miles de indígenas y los trabajadores indonesios de las plantaciones sufren el rigor de las condiciones de trabajo y la brutal represión sindical (ver boletín del WRM Nº 109). Los incendios forestales que tan a menudo cubren la región de humo son provocados en su mayoría por los cultivadores de palmeras (ver boletín del WRM Nº 97). Toda la región se está convirtiendo en un campo gigante de aceite vegetal. En Uganda ha comenzado la destrucción de bosques tropicales y tierras boscosas indígenas para la producción de palma aceitera y azúcar, y desde que se talaron los bosques de la península Bwendero, las islas Ssese están siendo destruidas por fuertes vientos y salarios bajos (ver boletín Nº 109 del WRM).
El argumento de la “bondad” de los biocombustibles es que no contribuyen a las emisiones de carbono; su combustión devuelve a la atmósfera el dióxido de carbono que las plantas absorbieron cuando estaban creciendo en el campo, con lo cual serían “neutrales en materia de emisiones de carbono”. Pero esto solo es verdad dependiendo de qué había en el suelo antes de que se estableciera la plantación. La tala y quema de bosques para dar lugar a las plantaciones de palma liberan enormes reservas de carbono. En los bosques cenagosos, que crecen en turbas, una vez cortados los árboles, los plantadores desecan el suelo. Cuando la turba se seca, se oxida y libera aún más dióxido de carbono que los árboles.
Por otro lado, investigaciones de David Pimentel, profesor de la Universidad de Cornell, en Nueva Cork, y Tad Patzek, profesor de ingeniería química en la Universidad de Berkeley, en California, revelan que con los métodos de procesamiento actuales se gasta más energía fósil para producir el equivalente energético en biocombustible. Aun cuando las investigaciones incluyen en sus cálculos la energía necesaria para construir las plantas procesadoras, la maquinaria agrícola y el trabajo -que no se suelen incorporar en este tipo de análisis-, no incluyen los costos del tratamiento de desperdicio y desechos, o los impactos ambientales de los cultivos bioenergéticos intensivos como la pérdida de suelos y la contaminación ambiental por el uso de fertilizantes o plaguicidas. Todo esto da por tierra aquello de la neutralidad de los biocombustibles en materia de emisiones de carbono.
Los biocombustibles no se plantean cambiar el modelo actual de producción insustentable de energía destinada a un consumo insostenible y no harán más que agregar nuevos problemas a la humanidad. Pero su peor pecado es que se disfrazan de solución.

-------------------- * Artículo elaborado en base a información obtenida de: Resistencia, Nº 60, Boletín de Oilwatch, Abril de 2006; “Las Nuevas Repúblicas del Biocombustible”; “¿Representan los biocombustibles alternativas ecológicas al petróleo?”, Ambientalistas en Acción.






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